
–¿Por qué me has convertido en aquello que nunca he deseado hacer? ¿Por qué soy igual a ti? No eres yo. Jamás seré tú. Todo esto ha acabado. Todo esto se va. Adiós papá.
–Gracias, hijo. Ahora veo que me quieres.
Muerte de un viajante es una de las mejores obras de teatro que aún se sigue representado en cualquier parte del mundo, en cualquier escenario del mundo. Es potente, amarga, dura, busca la redención, suena el odio, es patente el orgullo, la escasez valía de los sueños propios. ¡Déjadme ser yo! ¡Déjadme conseguirlo por mí mismo! Es real, imaginaria, con continuos saltos al pasado -flash back-, tres formas de narrar una caída, un derrumbe en cualquiera de nosotros, de la vida misma, de nuestra esencia que a veces se engrandece, a veces se entristece, se entumece para no crecer más por falta de esos logros que se han perdido durante nuestro largo camino, con continuas y diversas salidas a ambos lados que nos destruyen, que nos sobrecogen, sopesando la abundancia de nada a la nada de la abundancia por no alcanzarlo.
La noche fue fría. El olvido de Elena, la rara tardanza de Luca, la nueva llegada de dos tertulianos, la visita inesperada de Vero, la extraña presentación de Yolanda, la ausencia de amigos, como Rosso, o la costumbre de mencionar al creador de esta mágica y heterodoxa familia, Ángel, siempre querido, siempre lejano, siempre latente. Así se dispuso la nueva cena de las palabras, de los inolvidables y breves sorbos de letras que se convirtieron en plataformas flotantes de la discusión, ancla que nos aprisiona, de la moral, de la inmoral o de la amoral reacción que causa-efecto tiene la sucesiva narración en cada uno de nosotros al terminar la lectura. Enfrascados durante la insoportable estación de este tiempo, se dibujó la inmensa sonrisa de variedad al gusto: el amor, el odio, la fe, la fuerza de los personajes, todo un elenco de situaciones que se batieron en largos y sinuosos encuentros de diversidad para entender y defender lo que unos pensaban y lo que otros sostenían. Los clarines chispeaban en post de un duelo arduo, persistente, entre los que vieron el amor y vieron la salvación, la única acción loable y coherente de un viajante en sus últimos pensamientos, tras el costoso y delicado trabajo de tragarse su orgullo, perder sus sueños, ser devorado por la evolución, por su alrededor, por no saber adónde dirigirse durante mucho. Quizá, para una redención, dada con el abrazo que le otorga su hijo, signo de aprobación para hacerlo.
Y es que no todos estamos preparamos para tal hazaña. Hay que ser valiente, hay que ser conocedor de uno para tal acción, mascando durante un inolvidable periodo la decisión, la cuestión, tener el miedo presente, vencerlo, aniquilar las esperanzas, porque no las hay, porque no podemos cambiar a nadie ya que en realidad desconocemos cómo son -nosotros somos así- todos, aun a costa de creernoslo. Todo se esfuma rápido, muy rápido y no vemos pasar el tiempo por las rendijas que verdaderamente lo forman: tú, yo, él, vosotros, ellos, nosotros, seres indivisibles que deberían morir intentando ser lo que desean ser: creadores o soñadores, realistas o imaginarios.
Algún día seremos buenas personas. Todos; y eso es lo que importa, quizá.